Decidimos subir a la sierra, geográficamente no sabría situarla muy bien, aunque se suponía que era en la Sierra de Cazorla. No sé si iban más, pero yo recuerdo sólo a seis chicas y conmigo siete, las demás no sé como subieron, pero yo conducía un coche. Subía por una carretera muy empinada que atravesaba los bosques y llegamos a una cabaña en la que íbamos a pasar la noche, así que nos metimos. Como cuando teníamos once años, todas se lanzaron a escoger sus camas, cada una elegía aquella en la que se sentía más protegida, y yo me quedé con la que se podía considerar la peor.
No sé por qué subimos justo cuando anochecía, pero el caso es que era completamente de noche. Todas estábamos en pijama y nos íbamos preparando para dormir. Yo miré la cabaña, era enana y estaba llena de mujeres tumbadas unas pegadas a las otras y todas aterrorizadas. Y enfrente de la puerta una pequeña ventana, la única, que estaba protegida con rejas. Me empezaron a entrar unos calores por todo el cuerpo y empecé a pensar en que si entraba un oso, cosa que la imaginaba normal en medio de la sierra, rompiendo la puerta, no habría forma de escapar. Pensé entonces en dormir fuera aunque hubiera más posibilidades de que pasara algo, pero entre un espacio abierto y esa especie de fosa común que era como imaginaba la cabaña, tomé la decisión de dormir fuera. Así que me levante de golpe, cogí mi saco, les expliqué los motivos a mis amigas y me salí de allí. Arrastrada por mis argumentos se apuntó otra amiga. Y allí nos tumbamos las dos, en mitad del campo, metidas en nuestros sacos y a la intemperie.

Puedo asegurar que no he pasado más miedo en toda mi vida, no podía de dejar de mirar a todos lados, sin duda esperando no ver un oso. Y qué raro la verdad. No se me ocurrió rezar ni una oración, cosa que hago cuando me muero de miedo normalmente. Y sí, mis peores pesadillas se cumplieron. Perfectamente bajo la brillante luz de la luna se reflejaba la silueta de un enorme oso. Avisé a mi amiga y sin pensarlo dos veces echamos a correr. Y lo que son las cosas, justo al ladico había un aldeílla, era minúscula y desde donde nosotras dormíamos no se veía. Nada más entrar a aquél lugar vimos que se estaba celebrando una fiesta, había un chiringuito, algunos hombres y mujeres charlando y muchos niños corriendo. Pero sólo niños. Me sorprendía esa tranquilidad justo en el límite del bosque con el peligro de los osos. Mi amiga y yo nos tranquilizamos, y la natural curiosidad de los niños, y más en lugares tan pequeños, hizo que pronto nos viéramos rodeadas por ellos, pero no recuerdo ni que decían ni que decíamos , tengo sólo vagos recuerdos. Lo que sí sé es que les pregunté a los niños por qué no había ninguna niña, solo veía a una o dos, pero nos aseguraron que sí que había más, de hecho se apartaron y apareció un grupo de chicas.
Pero cuando todo parecía tranquilizarse, de pronto y por el mismo lugar por donde habíamos entrado nosotras, apareció el oso. Todos los habitantes del lugar, como si aquello ocurriera con bastante frecuencia, desaparecieron en cuestión de segundos, yo también me había pirado corriendo de allí a esconderme, y cuando me creía a salvo me empezó a entrar la desesperación al ver las calles vacías, con un oso paseando a sus anchas, sin saber nada de mi amiga, y lo peor es que no me había fijado en qué dirección había huido la gente. El caso es que sin saber cómo apareció mi hermano y me vi en una casa, fuera de todo peligro. Sin duda esta excursión me iba a llevar a la locura.
Luego ya se hizo de día, y yo seguía en el pueblo, a donde habían llegado las demás amigas, estaba junto con otra amiga enseñándole una cámara de fotos y haciéndoles fotografías a unas niñas que parecían no haber visto nada semejante en sus cortas vidas. Al final todo mejoró bastante, para salir de allí tuvimos que bajar por unas escaleras y yo disfruté como nadie bajándolas volando. Ya llevaba tiempo sin volar por lo que no lo hacía con demasiada habilidad, me costaba pillar impulso y caer con equilibrio, pero al ver las caras de mis amigas flipando me emocioné aun más y seguí intentándolo. Otra amiga también podía volar pero no sabía, así que la cogí de la mano para ayudarla. Al final conseguí hacerlo bien, cogí confianza y disfruté muchísimo con esa experiencia que tanto me gustaba tener.
Por último ya decidimos no volver a planear una excursión así, o en tal caso irnos a dormir a una casa rural o algo más seguro que una choza, que además, cerca de ese lugar yo conocía un sitio que estaba bastante bien, donde curiosamente había estado con estas mismas amigas en una excursión del colegio, el mismo día de la boda los príncipes, y que estaba situado en Aragón. Por eso digo que no sabría situar en un mapa el lugar en dónde estuvimos.